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Cultura > Poetas y luchas latinoamericanas: La poesia que toma partido hasta mancharse (I)
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Roque Dalton:

“Prefiero la chifladura a la seriedad”

Vine a saber del poeta salvadoreño Roque Dalton unos días después de mi arribo al campamento para refugiados políticos de Moheda, ubicado en el sur de Suecia. Eso fue a principios del verano del 84. A pesar de que en mí país, Colombia, había sido miembro del Comité de Apoyo a la Lucha del Pueblo Salvadoreño, nunca había oído mentar al poeta de marras y mucho menos leído su obra literaria. Es posible que pueda justificar esa ignorancia porque en esos tiempos yo estaba más interesado en las convulsiones sociales que en los poetas de nuestra América. Pero de inmediato pienso que no es válida la excusa, porque la poesía y los problemas sociales de nuestro continente siempre han andado tomados de la mano. Tal vez pueda ser que suene más verídico justificar esta torpeza de conocimientos diciendo que en el pequeño movimiento político en la cuál yo militaba regía la máxima de que la ropa sucia se lava en casa. Sea lo que hubiera sido, lo cierto es que en aquel verano del 84, de pronto quedé condenado a escuchar todos los días, a cada hora y a todo volumen, El Poema de amor de Roque Dalton, interpretado por un grupo salvadoreño que tocaba canciones de protesta cuyas letras rayaban las fronteras del panfleto. Así fue: mis vecinos en el campamento eran unos salvadoreños, a quienes el famoso poema les ayudaba a soportar la nostalgia que les producía el exilio obligado, pues cada línea del verso los descascaraba, los mostraba tal y como eran. Y dicen que el exilio se mitiga cuando uno sabe donde están sus raíces. En fin, la voz grave y profunda del cantante de la banda (¿acaso serían dos voces?), me enseño y casi me obligó a aprender de memoria el trajinado poema:

Los que ampliaron el canal de Panamá
(y fueron clasificados como "silver roll" y no
como
                                 "gold roll"),
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en las cárceles de
Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por
estafadores
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
("me permito remitirme al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño"),
las que llenaron los bares y burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
("La gruta azul", El calzoncito", Happyland"),
los sembradores de maíz en plena selva
extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca nadie sabe de dónde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cocidos a balazos al cruzar
la frontera
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión o la barba
amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraron borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas,
mis hermanos.

 

Con éste poema aprendí que la palabra guanaco es sinónimo de salvadoreño y que un buen verso se puede lograr con palabras sencillas que expresen hechos cotidianos. Sin embargo, sería años más tarde cuándo habría de comprender la esencia de la poesía de Roque Dalton, quién a pesar de la influencia nerudiana, contradice el método del aeda chileno y propone en cambio "una poesía que, en lugar de cantar, plantee problemas, plantee los conflictos, plantee las ideas, que son muchísimo más eficaces que los himnos para hacer que el hombre cobre conciencia de sus problemas en la lucha de liberación de nuestros pueblos".

Con el paso de los días sentí la necesidad de saber algo de la vida y obra del poeta. Me daba cierta vergüenza convivir en el exilio latinoamericano en Suecia, sin saber un ápice del hombre que había escrito los versos más politizados de nuestro continente. Entonces, me contaron mis vecinos que Roque Dalton había pertenecido a un grupo guerrillero, fanático y extremista liderado por un joven lampiño, ambicioso y egoísta, y que por discrepancias políticas del poeta con el dirigente, éste impartió la orden de ajusticiar a Roque Dalton en nombre del pueblo y en nombre de la revolución. La muerte del poeta, planeada con premeditación, asechanza y alevosía, fue llevada a cabo el 10 de mayo de 1975.  Cuando supe esto, entonces Roque Dalton dejó de ser para mí el poeta del lenguaje directo, sin ripios ni arandelas, para convertirse en un símbolo político, que habría de asociar para siempre con los dolores que el sectarismo de nuestras izquierdas nos han causado. El final frío e irreparable de Roque Dalton me recordó de los ajusticiamientos que varias organizaciones de mi patria llevaron a cabo contra sus militantes y que luego justificaron en comunicados o en vídeo cassettes enviados a los noticieros de televisión. Y todo porque era necesaria la "erradicación del revisionismo en nuestras filas", o, porque era imperante la "limpieza de infiltrados", o, porque ya era hora de acabar con las "desviaciones ideológicas antagónicas a la línea del Partido". En fin...

El primer libro que adquirí del inmolado poeta lo compré en la ciudad de Lund en una librería que llevaba su nombre. Era un poemario de carátula negra con letras rojas: Taberna y otros lugares. Debajo de las letras hay dos fotografías suyas, la primera de perfil y la segunda de frente. Después me enteré, cuando leí uno de los tantos libros que se han escrito sobre su vida que esas fotos le fueron tomadas por la policía la segunda vez que lo llevaron preso. El mismo Roque Dalton recuperaría más tarde esas fotos del archivo policial. En el prólogo del libro se cuenta una anécdota que le pasó en Chile. La verdad es que la anécdota me reconfortó el espíritu y me ayudó para dejar de sentir vergüenza por mi desconocimiento de la vida de Roque Dalton. Descubrí con la anécdota que no era solamente yo el empirista que se había embarcado en el cuento de transformar la realidad sin suficientes conocimientos políticos. También el propio poeta salvadoreño andaba a los 18 años metido en la boca del lobo sin saber, por ejemplo, que era la plusvalía. Y aquí cuento, saliéndome de lo literal,  la anécdota: Terminada la secundaria, Roque Dalton se fue a estudiar a una universidad de Chile. Allá se deslumbró con las cosas que hacía Pablo Neruda. En esos días llegó a Chile el pintor Diego Rivera. Entonces nuestro pichón de poeta intentó entrevistarlo, sin saber a ciencia cierta quién era ese hombre con figura de vástago e hinchado como un batracio. La entrevista hubiera sido posible si no es porque el muralista mejicano le pregunta primero a Roque Dalton:

-¿Cuántos años tienes?
-Dieciocho.
-¿Has leído algún libro de Marx?
-No.
-Entonces tienes dieciocho años de ser un imbécil.

Bueno, presiento que el joven salvadoreño se consoló de su ignorancia política años más tarde cuando escuchó a Fidel Castro ufanarse de haber hecho la revolución en Cuba, sin haber leído siquiera 100 páginas de El Capital.
Si creemos que la vida del poeta salvadoreño permite resumen, reproduzcamos entonces las letras de Eduardo Galeano escritas en el tomo III de su libro Memoria del fuego:
"Roque Dalton, alumno de Miguel Mármol en las artes de la resurrección, se salvó dos veces de morir fusilado. Una vez se salvó porque cayó el gobierno y otra vez se salvó porque cayó la pared, gracias a un oportuno terremoto. También se salvó de los torturadores, que lo dejaron maltrecho pero vivo, y de los policías que lo corrieron a balazos. Y se salvó de los hinchas de fútbol que lo corrieron a pedradas, y se salvó de las furias de una chancha recién parida y de numerosos maridos sedientos de venganza. Poeta hondo y jodón, Roque prefería tomarse el pelo a tomarse en serio, y así se salvó de la grandilocuencia y de la solemnidad y de otras enfermedades que gravemente aquejan a la poesía política latinoamericana. No se salva de sus compañeros. Son sus propios compañeros quienes condenan a Roque por delito de discrepancia. De al lado tenía que venir esta bala, la única bala capaz de encontrarlo."
¿Qué pensaría Roque Dalton cuándo en la clandestinidad, en el exilio, en la cárcel o retozando en la cama leyó La Bala, aquel famoso verso del poeta nicaragüense Salomón de la Selva? Es posible que haya arrugado la frente y que haya pensado que el poema estaba inspirado a su medida:

La bala que me hiera
será bala con alma
El alma de esa bala
será como sería
la canción de una rosa
si las flores cantaran,
o el olor de un topacio
si las piedras olieran,
o la piel de una música
si nos fuese posible
tocar a las canciones
desnudas con las manos.

Si me hiere el cerebro
me dirá: Yo buscaba
sondear tu pensamiento.
Y si me hiere el pecho
me dirá: ¡Yo quería
decirte que te quiero!

Bueno, con estas líneas espontáneas quería aproximarme hoy a la figura de Roque Dalton. Este año se cumplirán 22 años de su muerte absurda. Durante este tiempo alrededor de 100 mil salvadoreños entregaron a la fuerza sus huesos a la tierra. Esa fue la cuenta de cobro que pasó la guerra. Esa cifra hubiera sido al menos objeto de una línea más en el Poema de amor, si Roque existiera, si en el río de nuestra esperanza no se hubieran orinado tantos canallas. Pero no, en el Salvador, en el Pulgarcito de América nada ha pasado. "La vida no es muy seria en sus cosas", escribió un día Juan Rulfo. Tal vez por ello el poeta Roque Dalton prefería la chifladura a la seriedad.

 

Víctor Rojas
victor@simoneditor.se

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